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Autor: Enrique Casanueva Perez-Llantada
Comencé el pasado sábado preparándome para la scalada de esta
Cuaresma con una revisión y puesta a punto, pasando mi ITV espiritual; siempre
salgo con una sensación que nunca quisiera perder pero, por mucho que reposte en
la Oración y
la
Eucaristía ahí acabo, poniendo a 0 el cuentakilómetros para
arrancar de nuevo.
Eso sí, inicio el recorrido bien cargado de combustible, para no
quedarme parado por el desierto. Aunque, bien pensado, este año esa scalada
interior hacia la
Pascua no quiero acometerla sólo. Lo haré en Familia. Y los
pequeños diablillos que vayan apareciendo (aunque trate de no dejarle
resquicio), sinsabores, frustraciones y amarguras van a ir por alguien concreto
durante cada día hasta el de Resurrección. No es nada original porque ha sido
idea de mi mujer, pero me parece tan sensata y fructífera que me uno. Lo bueno
de scalar en Familia es que sinsabores, frustraciones y amarguras son siempre
menos, o porque se aminoran sus secuelas o porque ni te fijas en ellos cuando
antepones los de los demás.
En realidad, trato de consumir el tiempo, meditar el tiempo y
condensarlo focalizado no solamente en la Cruz , en la Pasión , sino en la Resurrección.
El sacrificio de más éxito de la historia. Sin la Resurrección nada
tendría el sentido que tiene, EL SENTIDO. Un hombre de carne y hueso, humillado
y colgado en un madero por mí; sí, por mí. Y yo voy y me quejo sin parar por las
estupideces más nimias. La
Redención regalada y ahí andamos, con nuestras actitudes,
mostrando una ingratitud incalificable; aunque muchas veces sea inconsciente. El
sonido martilleante de esos clavos traspasando la carne y entrando en la madera,
acallado por la
Luz cegadora de la Resurrección.
Y los pecados del mundo lavados con la sangre y el agua de su
costado.
Comenzar este tiempo fuerte con la imposición de la Ceniza en PS es hacerlo en
Familia. Ser convocado por quien encarna y muestra con tanta sencillez y
naturalidad la ternura del Amor de Cristo, se convierte en una lotería más que
una convocatoria. Que el superjefe cuente contigo para participar en la
celebración, una suerte. Ver en el presbiterio a uno de los sacerdotes mayores
de la comunidad, que es además una especie del sabio, al P Provincial, al
Párroco, a quien nos convocó y a un diácono que en breve será presbítero, pues…
buffffff. Imagino que el Papa, (nuestro Papa Benedicto, paradigma de humildad,
coherencia, inteligencia, bondad y valentía), que pronunció esa bellísima y
clara homilía en la
Eucaristía del Miércoles de Ceniza, se habría sentido orgulloso
y satisfecho. Tener a mi derecha a un alma buena y a mi izquierda a otra. Ver a
María en el coro. Formar parte de la feligresía, de tanta gente buena a la que
he ido aprendiendo a apreciar. Bufffff. Uno de los rápidos del río. Pero lo
siento por todos, porque todos parecen desvanecerse durante la consagración: en
el momento de la elevación sólo está Él.
Y ya que no hay como vivir la fe en Familia, este primer jueves
tras la ceniza acudiré a la
Oración ante el Santísimo en el Santuario del Perpetuo Socorro
de Madrid, en Chamberí. Para ponerme ente él, disfrutar del “trato familiar con
Dios” que nos enseñara magistralmente San Alfonso; en Familia. Con el ritmo
natural, sosegado y profundo de cada semana. ¿Alguien se anima?
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