sábado, 30 de marzo de 2013

0 Madres educadas, hijos extraordinarios. Parte I

Autor: Francisco Grass | Fuente: Mi cumbre
Exito moral, económico y profesional depende principalmente de su educación.

Madres educadas, hijos extraordinarios. Parte I
Madres educadas, hijos extraordinarios. Parte I


La madre, además de sus obligaciones como cónyuge, tiene también el rol de institutriz, tutora, enfermera, nutricionista, chef, administradora económica, profesora doméstica, consejera sentimental, policía familiar, etcétera. Construye más amores sólidos con los hijos y más sólidos los amores.

No busca lo extraordinario, sino hace extraordinario lo ordinario. Actúa en el presente para cambiar el futuro. Asume la realidad que le toca vivir, pero siempre está dispuesta a seguir luchando para mejorarla. Ayuda a lograr un amor con una base sólida, con puntos muy buenos, como al sacar provecho de los conflictos y capitalizarlos.

Cuanto más educada esté una madre, más probabilidades de futuro éxito tienen sus hijos y por el contrario, cuanto menos educada esté, más probabilidades de fracaso existe. Los hijos que sobresalen, en cualquier ambiente, pobre o rico, son los que tienen una madre que ha transmitido con su ejemplo y con buenas lecciones didácticas lo que sabían, sentían y aprendían.

La mamá tiene que tener bien presente, que ante el desgraciado número de divorcios, cada día en aumento, tendrá que prepararse en caso de que le ocurra y prever soluciones para poder mantener y educar a sus pequeños, que probablemente se quedarán con ella. Por lo tanto, deberá prepararse económica, profesional y socialmente para disminuir el gran choque que supone esa nueva situación.

La madre junto al padre forman una unidad de destino y ambos tienen iguales funciones, innegociables e irrenunciables al educar a sus hijos. Podrán ceder la tarea de formar, pero nunca la responsabilidad de hacerlo. Pueden tener diferencias muy significativas sobre la educación de su descendencia en la forma, pero no en el fondo.

Esas diferencias tienen que ser complementarias, pero no les eximen de sus principales obligaciones. Algunas veces tendrán que actuar como el policía bueno y el policía malo, pero siempre de común acuerdo entre ellos y en beneficio de sus hijos.

La madre no tiene que ser tan perfeccionista que avinagre la existencia de los hijos por sus continuas reprimendas ante cualquier caso, por muy pequeño que sea. Debe tener el difícil criterio de saber estirar y soltar, como en la pesca de la trucha, hasta conseguir los objetivos que se haya propuesto. Ella tiene en sus genes la educación innata para la criar a sus hijos desde que nacen para abrirse paso en la vida, inculcándoles las virtudes y valores humanos que ella conozca y practique.

La madre debe aprovechar cada fallo de los hijos como ejemplo para dar un paso hacia su perfeccionamiento. Es más importante aprovechar el error para ayudarles a mejorar que para imponerles un castigo que, algunas veces, no lleva a que se den cuenta de las alternativas de superación que podrían haber aprendido. Tiene que ser realista y saber que lo importante no es mediar las veces que los hijos se caen, sino las veces en que ella ha contribuido a que se levanten.

Las madres tienen que poner el listón de la educación en lo más alto posible para que los hijos traten de alcanzarlo. Si bajan las expectativas de éxito en la educación religiosa, escolar, familiar y social, desgraciadamente es casi seguro que se cumplirán, aunque hubieran podido llegar mucho más lejos si se lo hubieran propuesto.

Los hijos no heredan de la madre solamente sus rasgos genéticos, sino también una gran parte de la buena o mala educación que tiene. Me refiero a la educación como conjunto de formación académica, religiosa, de virtudes y valores, familiar, social, artística, etcétera.

La madre representa las raíces familiares y hace que todo el entramado del árbol familiar tenga sus sustentos en esas raíces. Por eso dejan una impronta imborrable en la educación de los hijos, que se va consolidando a medida que pasan los años. Aunque pase el tiempo, ellos se siguen acordando de la mayoría de las cosas que les dijo su mamá.

El espíritu y la educación de la madre domina en sus pequeños, principalmente hasta la adolescencia, creando los cimientos necesarios para la vida que va a llevar. A partir de la adolescencia la figura del padre, de ordinario más razonable y menos instintiva, empieza a afianzarse en los conceptos educativos realizados por la madre.

Es fundamental que la madre esté equilibrada en los campos espiritual, físico y mental, para que su educación y la que proyecte sea la más provechosa para sus hijos. Si nota o le notan algún fallo en estos equilibrios debe poner los medios para corregirse, por el bien de sus hijos.

Según todos los estudios multidisciplinarios internacionales, está demostrado la gran influencia positiva que tienen las madres en el éxito o fracaso de los pequeños. Su éxito moral, económico y profesional depende principalmente de su educación. Desgraciadamente, muchos papás solamente se dedican a proveer de medios económicos a la familia, (cosa muy importante e imprescindible), pero son ellas las que se encargan de la formación.

Los padres tienen otras funciones muy importantes que complementan y equilibran las relaciones familiares. Entre otras, poner límites y asegurar que la educación que transmite la mamá, sea puesta en práctica.

Tres conceptos principales en la educación de las madres:

Espiritual: Es la principal inculcadora de la educación religiosa y formación de costumbres desde la cuna. Si les reza a sus pequeños una oración sencilla al levantarles, acostarles, darles de comer, salir de la casa, etcétera, ellos la van memorizando y así cuando empiezan a balbucear, ellas van introduciéndoles poco a poco las virtudes y valores humanos, para que se conviertan en costumbres, posteriormente en hábitos y finalmente sean una parte importante del quehacer diario de los hijos.

Físico: Cuidar su propia salud, su aspecto físico y alimentación, mirando bien los conceptos nutricionales, para usarlos con sus hijos en las prácticas alimentarias y en el mantenimiento de su salud, para que adquieran buenas costumbres alimenticias.

Mental: Buscar un buen equilibrio mental, para que se refleje en los hijos, evitando las alteraciones y posiciones fuera de control emocional, porque los hijos absorben todo y aprenden inmediatamente lo que ven y sienten, reflejándolo posteriormente en su comportamiento externo. Una madre sana mentalmente, va a promover también la salud mental en sus hijos y el amor incondicional, lo que les permitirá enfrentar la vida con fortaleza.

Francisco Grass (en colaboración con Pilar Maiz), Editor de MiCumbre

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